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miércoles, 23 de febrero de 2011

NOTA ANONIMA


Erase una vez yo. Estoy sentada en mi galería. Miro hacia la calle. Me da igual quien seas o como seas, pero me encuentro una y otra vez mirando de reojo a ver si te reconozco. Tengo tu nota anónima, aquí a mi lado. Releo la frase una y otra vez. Sonrío. Te veo introduciendo la nota por el buzón de la puerta de la galería. Soltando aquí tu pensamiento. Es bonito saber que alguien, quien sea, piensa eso de uno. Gracias. Aunque he dicho que no importa quien seas, he de ser honesta conmigo misma, el tipo que acaba de pasar con un tic el los ojos y un bolso rosa chicle, no me ha hecho mucha gracia. Por favor no seas él. Y puestos a pedir, tampoco seas ese hombre tan alto que ha pasado antes con el pelo sucio y la forma de la almohada incrustada al cráneo. Y ese que ha soltado un escupitajo de flema, tampoco seas ese, y qué me dices de no ser el tipejo de la obra de aquí al lado, un polaco que se toquetea por la calle...no seas ninguno de esos... Aunque sí podrías ser el guapísimo que ha entrado con un helado para preguntarme por el maldito Museo Picasso.

Bien, querido desconocido de pelo limpio, sin escupitajo ni bolso rosa chicle y que no se toquetea por las calles...gracias por tu bonita frase, necesitaba saber que cosas así aun pueden suceder.

P.D. Alfonso y Rubén, como esta haya sido una bromita vuestra os haré un pastel de flema Gran Reserva que os vais a enterar!!!

martes, 28 de diciembre de 2010

POR UNA CABEZA



Hoy cuando he salido de casa una gran nube se cernía sobre mi cabeza, negra y desafiante como un cuervo. Tenía los ojos hinchados y algo de ojeras pues he pasado una mala noche. En La Rambla me he encontrado con mi abuela a la que finalmente le han puesto una dentadura nueva. Al verla sonreír a lo Joan Collins con esos dientes tan perfectos como inadecuados me he encontrado echando de menos aquellas viejas y desgastadas piezas que tan familiares me resultaban.
Me he metido en el metro. He estado apunto de sentarme en un asiento untado de nocilla. Sí sí, como lo oyen. Alguien se había tomado el tiempo y la molestia de cometer este acto de vandalismo estúpido que les relato. Quiero pensar que la fresca mancha no era más que crema de cacao, Nutella o sucedáneo y así es como se la describo a ustedes. Finalmente he dirigido mis pasos hacia el vagón contiguo por encontrarse este más vacío. Me he sumergido en la lectura de La Dama de Blanco de Wilkie Collins pero pronto me he visto interrumpida por un tufillo para el cual no tengo descripción. Bueno esto no es del todo cierto, intentaré hacer uso de la escasa ración de sutileza que el día de hoy me otorga. Si la mancha de la que les he hablado antes, no hubiera sido crema de cacao ni ningún derivado de la misma, si se hubiese tratado de otra...cosa... pues esa cosa hubiera olido como el implacable y aun desconocido tufillo.
Horrorizada, y muy a mi pesar puesto que tenía los ojos hinchados, y por ello pocas ganas de mostrarlos, he levantado la cabeza dirigiendo mi inflamada mirada al pasajero sentado junto a mí. Era un hombre de rasgos asiáticos y oronda figura, es decir: Un chino gordo. El pasajero bostezaba de forma espasmódica, acortando significativamente las vidas de los que nos encontrábamos a menos de un metro de él.
Al otro lado un hombre hablaba por teléfono, con voz estridente, y comentaba algo de suma importancia que alguien había colgado en no sé que muro de Facebook y no sé quién había etiquetado a no sé quien más en no sé que foto. Él, por distancia, también vería su vida acortada debido al ejercito de bacterias que el chino soltaba en cada uno de sus implacables bostezos. Un par de chicos se subieron al vagón, iban vestidos de negro de los pies a la cabeza y recubiertos de imperdibles, piercings y otros abalorios. Uno de ellos tenía el rostro tapado de un modo casi total por una capucha del mismo color que el resto de la indumentaria, y desde dentro de aquella oscuridad el joven me miró, yo le miré y adiviné unos rasgos faciales con una fuerza insólita. Nariz recta y bien perfilada, labios gruesos aunque con un rictus triste y gris, sus ojos inmensos se apartaron de mi y pronto todo él volvió a la guarida oscura y segura que su holgada capucha le ofrecía. Mi atención se vio de nuevo desviada. Un violín sonaba no muy lejos, un muchacho tocaba “Por Una Cabeza”. Desafinó alguna nota pero aun así el contraste entre el mundo tangible y flatulento que se presentaba ante mi y las delicadas notas que suavemente empezaron a fluir por él, resultó cautivador. Me centré en la música, sensual e imponente. Miré alrededor, el hombre cuya vida parecía girar en torno a Facebook, se vio claramente molesto ante aquella intromisión. El chino orondo se había dormido y yo me pregunté: ¿Uno bosteza cuando duerme?. Los jóvenes oscuros hablaban ahora entre ellos. El muchacho tocaba su violín con esa conexión íntima que el músico tiene con su instrumento y me envolvía en sus notas que resultaban maravillosas y llenas de sentimiento. “Por Una Cabeza” debe ser tocada así, aunque sea bajo la mortecina y macilenta luz del metro.
Apenada vi que nadie prestaba atención. ¿ En que podían estar pensando esas sombras grises que fuera tan importante? ¿ Qué crueles pensamientos pueden prohibirnos escuchar la música? Pero chico acabó de tocar y monedas nuevas, de aquí y de allá, tintinearon en su monedero, quise sonreír, y creo que lo hice. El tufillo había vuelto, el chino gordo se había despertado y un despertar no es despertar sin unos cuantos bostezos. Llegué a mi destino.
Esperando a que las puertas se abrieran en mi parada, vi mi rostro maltrecho reflejado en el cristal de las mismas. ‘Vaya’, pensé, ‘así es como seré dentro de diez años’. Antes de bajarme también quise pisar al tipo del teléfono, que estaba visiblemente feliz porque de nuevo la única voz que se escuchaba en el vagón era la suya propia. Pensé machacarle un juanete para que pudiera sacarle luego una foto y colgarla en el avatar de su Facebook.

Silvia Serra

martes, 14 de diciembre de 2010

LA CARTA


Mi querido amante perdido,

¿Cuántos años han pasado? Muchos mi querido, pero aun conservo un recuerdo muy vivo de aquellos días, de aquellos meses a tu lado. Recuerdo la manta de retales en la que yacíamos desnudos, despreocupados, felices reíamos sin que nada importara más que nosotros. Nuestros dedos se entrelazaban, y sudando las temblorosas yemas se unían como nosotros lo hiciéramos minutos antes. Guardo todos tus besos. Tus labios se perdían en mi cuello. Yo cerraba los ojos y sentía tu respiración pausada. Tu boca buscaba su camino con la habilidad de quien ya lo ha recorrido antes.
Un día tuviste una idea, llenarías con tus besos mi cuerpo. Ni un milímetro quedaría libre de tu conquista. Qué maravilloso regalo me hiciste sin saberlo. La luz entraba a raudales por la ventana, de fondo sonaba Sarah Vaughan y su April in Paris. Mi querido amante.
Han pasado cincuenta años ya. Soy una anciana, una anciana que te recuerda y aun siente tu cálido abrazo y el dulce aliento de tu voz.
¿Cómo acabé detrás del sofá? No logro recordarlo. Sé que allí, detrás de aquel pequeño sofá, tumbada en el suelo y arropada por el remolino de mantas, te esperaba. Tu apareciste frente a mi con el desayuno, me miraste sobrecogido, dejaste la bandeja en la también diminuta mesa y viniste a mi lado. Me estrechaste entre tus brazos y te vi llorar. Nunca me habías amado tanto, dijiste. Querías conservar aquel momento para siempre, congelar el mundo hasta que tu corazón explotara. Yo reí un con una mano alboroté tus cabellos lacios. Sentí miedo en mis adentros. Tus palabras, tu mirada. Escuché tu corazón latiendo desbocado. ¿Por qué no detuve el tiempo contigo? Ahora estaríamos tras aquel sofá tu y yo, tu dedo acariciaría mi mejilla y mis labios recogerían tus lágrimas.

La marca del hombro. A menudo me han preguntado por ella. Siempre inventé una historia nueva. Me mordiste suavemente pero yo quise que apretaras. Insistí hasta que noté que algo se rompía. Un dulce dolor inundó mi cuerpo y un hilo de sangre me recorrió la espalda. Rojo, espeso, libre.

¿ Qué pasó entre nosotros? Te fuiste. Marchaste a la guerra. Al poco llegaron las nuevas. Te mataron. Me mataron. Morimos. Y tu aliento en mi cuello murió para siempre. Muchos vinieron después de ti, te busqué desesperadamente, en otros cuerpos, en otros ojos. Quise regresar a tus caricias pero no las volví a encontrar. Y de mí sólo quedó una cáscara, dura, rugosa y fría.

Me casé. Nunca tuve hijos. Sólo ahora que me he quedado sola me siento libre para volver. ¡Qué vieja soy ahora y qué poco me queda ya! En mis últimas horas permite que esta anciana recuerde sus días a tu lado. Sin duda los más dulces de su larga vida. Tus manos tomaban mis tobillos con fuerza y me arrastraban por la moqueta. Un día te conté que siendo niña había visto a dos hermanos jugar arrastrándose por el suelo de aquella manera, y me había parecido muy divertido. Yo cerraba los ojos y sentía el cuerpo flotar. Olvidaba cada rincón de mi ser y simplemente me dejaba llevar por ti. El suelo se deslizaba silencioso y obediente bajo mi cuerpo. Sólo escuchaba tu risa.

Te recuerdo entre mis piernas. Tus manos ceremoniosas recorrían mis muslos y una descarga sacudía mi espalda. La primera vez que introdujiste los dedos de mis pies en tu boca, simplemente pensé que eras un completo cochino. Perdóname, pero no estaba preparada para lo que estaba a punto de sentir. Aun lo siento ahora. Aquella fue la primera de una larga lista, una lista de cosas prohibidas de las que nos alimentábamos sin quedar nunca saciados. Nos ruborizábamos al ver el brillo en nuestros ojos. Recuerdo el calor, nuestras labios siempre húmedos. Siento los mareos que casi me hacían desvanecer. Noto mi visión borrosa, escucho la lámpara caer fustigada contra el suelo. Nuestras respiraciones ingenuas y alocadas. Cierro los ojos y lo siento todo. Te siento.
Nunca me he permitido hablar de ti y a cambio me he pasado la vida echándote de menos. Una vida sin y y en la que he sido completamente tuya.
¿Por qué moriste? Entiendo por qué morí yo, pero ¿por qué moriste tu?. No estabas echo para la guerra. ¿Tuviste miedo? ¿Pensaste en mi?
Ahora la muerte acecha a este pobre saco de huesos viejos, y ella es sin duda, mi única esperanza. Me despido de lo poco que dejo aquí y de lo es importante para mi. Le digo a este mundo que me voy contigo.¡Qué cosas! Tantos años sin ti y ahora no puedo esperar ni un segundo más.

¡Quiéreme cuando llegue! Quiéreme más ahora que sabes que no seguí sin ti, que morí contigo porque nunca más volví a sentirme viva!

Tuya siempre,

T.

jueves, 21 de octubre de 2010

THE BESTSELLER


A Ángel, quien puso a prueba nuestra amistad regalándome un Bestseller.

Verme enfrascada en ese tipo de lectura era algo tan inverosímil, que aun hoy me enfurezco con sólo pensarlo. ¿Cómo caí en sus redes? ¿ Cómo me siento tras la experiencia? Pues intentaré describirlo del modo más gráfico que sé. Imagine ser la novia de un príncipe, la mujer de un noble, la amante del mismísimo Elvis. Después de dichas experiencias, ¿posaríamos nuestra mirada en el ascensorista, o en el cajero del supermercado? Si supiéramos que en la azotea nos está esperando Niccolo Ferrante* ¿perderíamos el tiempo con el botones del edificio, o con el aparcacoches? No lo creo. Bueno, no lo creía hasta ahora.

Hace unos días acabé de leer La Perla, de John Steinbeck. Eran pasadas la media noche. Miré a mi alrededor. Siempre lo hago cuando termino un libro. Me quedo ahí quieta, analizando de nuevo el mundo material, aun estupefacta porque al pequeño Coyotito le hubieran abierto la cabeza de un disparo esos rastreadores a los que visualizo con cara de hiena, compruebo que todo está en su sitio. Vuelvo a la realidad. A menudo me escuecen los ojos cuando despierto de mi letargo. Me los froto. Esa noche no tenía sueño. La casa estaba quieta, ni los muebles se desperezaban, ni siquiera mis sonoros vecinos chinos de arriba hacían ruido. Paseé la mirada por la estantería de mi habitación. Me daba pereza levantarme así que tendría que conformarme con escoger algo de entre los libros que allí habían. Thomas Mann, Auster, Hawthorne, Goethe, Bukowski, Grass, Homero, Thoreau, las Brönte, Kawabata y Faulkner entre otros muchos. Saqué uno de entre tantos, lo hice mecánicamente. Sin motivo aparente. Miré su tapa. Habían unas letras ostentosas y doradas en la parte inferior derecha de la portada. Rezaban: Bestseller!! No conocía a la autora. Nunca había escuchado su nombre. Es en ese mismo instante cuando me ví a mi misma, sólo que a cámara lenta. En mi visión me estaba riendo, me reía de mis amigos que leen Bestsellers. Me he reído mucho de ellos a lo largo de mi vida. Me ví reír a carcajadas, sonreír con malicia, con saña. Reír con la boca llena, reír con los labios pintados. Raía mientras fumaba, mientras bebía y me salía el líquido por la nariz. Me reía de los amantes de Bestsellers del mundo. Les despreciaba por creer que compran literatura. Me creía mejor que ellos.
Soplé. Del libro salió una pequeña nube de polvo que me hizo estornudar. No lo entiendo, limpié la estantería hace sólo tres semanas. Volví a mi lado de la cama que aun estaba caliente. Abrí el libro. La forma de escribir se me antojó un poco simple, la manera en la que la autora se repetía en los detalles cada tres páginas me llevó a pensar que hasta la propia escritora destinaba su obra a seres obtusos. Visualicé a esos seres, hombros caídos, mirada perdida y un hilo de baba colgando y bocata de chopet en la mano. No sé por qué, pero los imaginé así. Leí cuarenta páginas, y en cada una me dije que esa sería la última. Pero luego hubo otra y otra y yo seguí leyendo. Cerré el Bestseller. Apagué la luz. Me escurrí bajo las sábanas. Me estremecía ante la idea de que puediera gustarme un bestseller. A ver, si tuviera que escoger entre convertirme en un Zombie o convertirme en una Fan de esos librejos escogería... ser un Zombie. Vale, comer carne humana o devorar bestsellers. Carne humana. Y con esos profundos pensamientos me dormí aquella noche. Soñé. El Bestseller se apoderó de mis sueños, y para colmo estos fueron plácidos. Por la mañana me levanté radiante. Si la vida fuera un musical yo hubiera sido Barbra Streisand en Hello, Dolly!.
Me quedé sola en casa por la mañana en casa. Pasé la mañana enfrascada en tan superflua lectura. Desayuné en la cama, con la mano adherida al libro. Como la pinza de un cangrejo que ha capturado una sabrosa presa y se resiste a soltarla. Llegó la hora de ir a trabajar. Odié el tramo de dos minutos a pié que hay entre mi casa y el metro. Nunca he podido leer andando, debido a mi falta de motricidad ya me resulta suficientemente difícil caminar sin más. Llegué al andén. Abrí el libro. El metro llegó en seguida. Dejé de leer con fastidio. Al entrar al vagón hice algo muy poco propio de mí, luego de que mis ojos se abrieran cual lechuza y mis colmillos se alargaran como los de un depredador, busqué desesperada un asiento en el que poder aposentarme tranquilamente y seguir leyendo aquel maldito libro para inútiles. En los transportes públicos la gente muestra verdadero interés por conocer el título de la obra que un lee. No sólo no me avergüenzo de mis gustos literarios si no que me enorgullezco de ellos. Pero esta vez era diferente. Tapé avergonzada el título del libro. Recordé a mi amigo Trevor en aquella fiesta en la que se presentó con un ligue barato y avergonzado la escondió dejándola sola en la barra toda la noche. Nunca entendí aquello. ¿Por qué salía con chicas de las que se avergonzaba? Bien, aquel día en el metro yo fui Trevor y el bestseller era mi ligue barato. La táctica consistía en poner el libro entre el bolso y mi cuerpo. De este modo nadie podría leer el título ni su contenido. Me pasé de parada.
Los dos días que siguieron hice cosas inimaginables, no grandes locuras pero sí pequeños gestos hasta ahora ajenos a mi personalidad. Entraba en el metro sin dejar salir antes, e incluso propinaba algún que otro codazo a quien se interponía en mi camino. Ni una anciana ni ninguna mujerona con juanetes me quitaría un asiento si yo podía evitarlo. Entiéndanlo, leer de pié no es lo mismo. Empecé a proteger mi bolso, en el llevo mi MacBook, mi monedero, mi teléfono, pero lo que yo protegía ahora era mi libro. Aquel libro era a la literatura lo que la mortadela a las carnes curadas, pero el caso es que yo me dormía pensando en la historia que en él se narraba. Me duchaba y pensaba en sus protagonistas, comía rememorando la trama. La verdadera vida no empezaba hasta que abría el libro y me adentraba en él. Lo lamento por las personas que viven conmigo, pero ni me percaté de su existencia esos días. Al llegar a casa podría haberme encontrado Latoya Jackson y Ramoncín en el lugar de mi hijo y mi novio y no hubiera notado nada extraño.

Cada vez quedaban menos páginas y mi temor se acrecentaba, Empecé a leer despacio. Espaciaba las horas de lecturas haciendo de la abstinencia algo insoportable. Inevitablemente el día llegó. Era de noche, todos dormían. pasadas las tres de la mañana. Terminé el libro al mismo tiempo que un gran vacío se apoderó de mí. La tristeza fue tan intensa y punzante que quise llorar. Sin pensarlo dos veces salté de la cama. Encendí las luces del comedor, Busqué entre los libros, Jane Austen, D,H. Lawrence, Flaubert. ¡ya los había leído! Los libros que despertaban mi atención eran aquellos que ya conocía. Fui al estudio, repasé los libros que hay allí... nada. Volví al comedor al tiempo que el agujero negro y vacío se hacía más grande. Me sentía desesperada, algo en mi me decía que debía esperar un par de días antes de embarcarme de nuevo. Pero no hice caso.
Subestimé al cajero de supermercado y ahora me cuesta olvidarle a pesar de que ahora paseo con un Niccolo Ferrante. He vuelto a ceder mi sitio en el metro pero a esas señoronas juanetudas del metro decirles que ni todos los asientos el mundo les van a quitar el semblante avinagrado que arrastran.

* Niccolo Ferrante: Personaje interpretado por Cary Grant en la película An Affair to Remember. Que nadie se imagine a un chulazo Italiano engominado, con diadema y pantalones blancos esperándome en la cima del Empire State. ¡Faltaría más!

viernes, 3 de septiembre de 2010

AMOR CIEGO O DIARIO DE LA NIÑA TOPO


Dedicado al entrañable Osvaldo Carvajal.

¿Cuántas veces me habré enamorado en mi vida? De pequeña me bastaba para ver al chico más guapo del día para enamorarme perdidamente y entregarle mi corazón para siempre jamás o al menos hasta el día siguiente. Llegué a enamorarme de chicos realmente extraños, recuerdo a uno que no movía los brazos al caminar, y luego está ese pelirrojo que no hablaba. Yo tendría unos diez años y era miope, no muy topo aunque lo bastante como para no ver bien a las personas de lejos, de manera que a veces me enamoraba de sombras difusas, siluetas difuminadas, pero también ellas eran carne para mi caldo. Amaba el amor. Necesitaba sentir amor y todo lo que ello conlleva, mi gran amado era el amor. Mi azúcar y mi sal... sin él nada tenía sentido. Así que aquí me tenéis, la que fuera una niña de diez años que al salir de la piscina entrecerraba los ojos intentando captar el detalle de la sombra de un desconocido, el color de su pelo, si tenía o no dos ojos y dos piernas... y si cumplía esos requisitos... yo me decía a mi misma: ‘Vaya... creo que le amo’. El momento del desamor era tan drástico como quitarse un tirita de golpe y tenía lugar en el preciso momento en el que me ponía las gafas.
A los catorce empecé a usar lentillas y también empecé a enamorarme con mas tino. A los de baush&lomb les debo un corazón menos decepcionado.

A los 19 yo vivía en Francia. Huí al país vecino, huí de un amor que me había sido entregado y que yo no podía corresponder. Si algo me atormenta es no poder corresponder al amor con amor. Una vez en Francia mi primer amor allí fue Alain, un carnicero charcutero del supermecado Casino. Alain y yo intercambiamos intensas conversaciones, ‘ponme un poco de jamón, por favor’ a lo que él respondía: ‘ ¿te lo corto fino o grueso?’. Y nuestras miradas se cruzaban. El vocabulario charcutero fue mi primer contacto real con el francés. Nuestra historia no pasó del mostrador, y un día, mientras el cortaba finamente mi ración de jamón, manjar que yo ya había empezado a coleccionar en mi nevera y de hecho podría haber vendido al por mayor, me percaté de un detalle que cambiaría mis sentimientos por Alain para siempre. Sus pulgares. Los vi dibujados, cogiendo la pieza de jamón y meciéndola delante y atrás en la máquina cortadora, con su pulgar en forma de pezuña de cerdo. ¡Dedos porcinos!. Supongo que alguien habrá venerado esas pezuñas sonrosadas, pero ese alguien no iba a ser yo. Pronto llegó Jean-Sebastien, componente de un grupo de AIKIDO que se hospedaba en mi mismo hotel en el que yo trabajaba como canguro. JS me hablaba sin parar de una manera tan entrañable, parecía estar tan lleno de vida. creo que no me hubiera enamorado de él si hubiera entendido una sola palabra de lo que decía. Entiendan ustedes las limitaciones del vocablo del mundo de la charcutería y carnicería. Imagínense, él diría algo como “ estás muy guapa esta noche” y yo contestaría “ Celery Rémoulade”. Pero en lugar de eso, Jean-Sebastien hablaba con efusión y grandes aspavientos a ratos, a lo cual yo respondía entreabriendo la boca con sorpresa, y él sonreía aun más. Pero nunca supe si él sospechó que yo no entendí ni una sola de las palabras que él con tanta pasión me había entregado. JS se fue y me quedé triste, pensado en qué me habría dicho, pero pronto me consolé pensando en la de cosas tontas que seguro me diría y en cuan afortunada era yo de no poderlas entender. Aprendí el idioma, pero ningún otro francés volvió a ser de mi interés. Ahora los colecciono en mi memoria en forma de bultos o sombras. Está El chico del tren. El chico del tercer balcón por la derecha en el segundo piso del bloque de enfrente. El dependiente de videoclub. El chico que me encontré frente a la ventana de mi despacho ( el limpia ventanas). El chico dos cursos mayor que yo. El profesor sustituto. El chico por el que me apunté a baloncesto e hice un ridículo espantoso.El vecino de arriba 15 años mayor que yo. Y he de decir que también me enamoré de Son Goku y posteriormente de otro protagonistas de Dragon Ball. Había una chica en mi clase, en primaria, ella era muy inteligente y eso por aquel entonces se demostraba con la nota de los exámenes, se llamaba Ana B. y me consta que ella también estaba enamorada del mismo dibujo animado que yo, ese hecho me hacía sentir menos petarda. Es curiosa la manera que tenía el amor de hacerme sentir viva desde la infancia hasta la adolescencia. Me he enamorado de innumerables protagonistas de innumerables novelas. ¿Debemos idealizar el amor hasta darle la forma que deseamos y no darnos por vencidos hasta encontrarlo, o por el contrario deberíamos aceptar al amor aunque venga en forma de pezuñas de cerdo?

Silvia Serra

martes, 10 de agosto de 2010

LA SEÑORA CLEMENCIA BUENDÍA Y LA CARTA DE AMOR


La señora Clemencia Buendía vivía en una isla del mediterráneo. En una pequeña casa roja junto al mar. Aquella mañana, la señora Buendía se despertó antes que de costumbre, no usaba despertador porque su instinto casi nunca fallaba. A las ocho en punto, la Señora Clemencia Buendía abría los ojos. Sus pestañas a menudo se pegaban unas con otras, debido al rimel, que nunca recordaba quitarse la noche anterior. Tenía que rodar sobre sí misma, para poder levantar su pesado cuerpo de la cama. La señora Clemencia Buendía nunca había pensado en perder peso, a pesar de que su mejor amiga, Clotilde Hermosilla, la hostigaba para que probara todo tipo de dietas.
Pero lo cierto es, que ella odiaba las ensaladas y las verduras. Es por ello que su frigorífico se encontraba siempre bien abastecido de hamburguesas, bizcochos de chocolate, jugosos filetes, croquetas de pollo, y un sinfín de otros alimentos que contribuían, a que cada día fuera un poco más grande. A Clemencia Buendía le gustaba ser grande. El día en que se quedó sola, se sintió tan pequeña e insignificante, que empezó a comer de todo lo que le gustaba a todas horas. El ser más grande la había ayudado a llenar aquel vacío. Ella a menudo recordaba tiempos lejanos en los que en su casa reinaba el sonido de las risas de sus hermanas, las canciones de Gardel en la radio y que su madre cantaba mientras limpiaba y guisaba. Cuando su padre regresaba de faenar, la casita también recogía el olor a pescado que traía consigo. Es por ello que no sería extraño encontrar a la Señora Clemencia Buendía desayunando un entrecot a la pimienta frente al mar, en el jardín trasero de su casita roja, con la única compañía de las gaviotas y las olas llegando a la blanca orilla..
Aquella mañana, después de un copioso desayuno compuesto de huevos fritos con beicon y mousse de limón, la señora Buendía se plantó frente al espejo del lavabo. Nadie sabía la edad exacta de Clemencia Buendía, aunque su mejor amiga, Clotilde Hermosilla, y la que hacía más tiempo que la conocía, era la que más se acercaba, en sus cálculos o suposiciones, a la cifra exacta.
Luego de repasar una a una sus arrugas, y comprobar que no había ninguna nueva, la señora Clemencia Buendía decidió que no era necesario retirar el maquillaje del día anterior, puesto que este se encontraba en bastante buen estado. Así que después de añadir rimel a las acartonadas pestañas, aplicar generosamente una nueva mano de colorete en sus mejillas y sombra de ojos azul en sus párpados, se sintió satisfecha con la imagen en el espejo.
Aquel era el primer día de verano de 1975, el sol brillaba y el mar estaba más azul que nunca. Este acontecimiento se tenía que celebrar con un bonito atuendo.
La señora Clemencia Buendía abrió la puerta de su casa luciendo un vestido verde a topos blancos, y unos perfectos zapatos de tacón rojos, en el preciso momento en que el cartero desmontaba su bicicleta y agitaba, a modo de saludo, una mano llena de cartas.
Había una carta para ella. Un sobre azul, no muy grande, llevaba escrito su nombre con una letra firme y elegante, sin remitente. La abrió allí mismo, en la entrada de su casa, pero tras leer la primera línea, se detuvo de inmediato, tomó aire, y sin cerrar la puerta, se dirigió al sofá, que antaño solía convertirse en cama, y en el que ella y sus dos hermanas solían dormir. Volvió a abrir el papel, azul como el sobre, y releyó la primera línea.

Estimada señora Clemencia Buendía,

Hoy, después de muchos años, he reunido el valor suficiente para decirle que la amo. No es este un amor pasajero, puesto que desde el primer día que la vi, mi corazón no ha vuelto a latir con normalidad. Usted me recuerda al mar. Bello cuando está en calma, y bello cuando se enfada. Hermoso y alegre bajo el sol del verano, y perfecto y lejano bajo las nubes en invierno.
Yo amo el mundo porque usted está en él. Despierto cada mañana preguntándome si la veré, si nuestros caminos se encontrarán. Pensar en usted me hace el hombre más feliz del mundo.
No le pido que me ame, sólo deseo que sepa, que cerca de usted hay alguien que se despierta queriéndola con todo el corazón, y que en las noches, tras contemplar el sol ponerse, la ama más todavía.

Siempre suyo.


La carta no iba firmada. La señora Clemencia Buendía permaneció estupefacta, contemplando las margaritas dibujadas en la funda que cubría el sofá y que ella misma había tejido. Aquel era su oficio, tejer bonitos mantos, colchas, fundas y tapices que los turistas de la isla compraban para decorar sus hogares en países lejanos.
Primero sonrió tímidamente, luego rió a carcajadas hasta que las lágrimas le saltaron de los ojos, sorteando la barrera de rimel, y mezclándose con la gruesa capa de maquillaje.
La primera en saberlo, fue sin duda su mejor amiga Clotilde Hermosilla. Esta no podía dar crédito a lo que leía en aquel papel azul. Pero no había duda, ¡su buena amiga Clemencia Buendía tenía un admirador! El matasellos era de la isla y todo indicaba que el autor de la carta en cuestión, también.
La señora Buendía había estado casada una vez. El afortunado fue un hombre de la Gran Bretaña, que vino a la isla por vacaciones, y que no hablaba ni una palabra de español. Su nombre era George Muppet. Nunca antes se unió una pareja más inverosímil que el señor Muppet y la señora Buendía. Él era mayor que ella en edad, pero a lo que estatura se refiere, no se necesitaba ser muy alto para sacarle un par de cabezas al buen inglés. El amor a primera vista no se produjo en ningún momento, y la pasión desenfrenada, típica en los recién casados, nunca estuvo presente entre la señora Buendía y su esposo. La piel del señor Muppet era tan blanca que a veces parecía traslúcida, y su cuerpo enjuto estaba coronado por una cabeza rosada, desprovista de cualquier atisbo de pelo, pero bien surtida por un par de orejas de soplillo. Él era un hombre callado y serio. En la isla corría el rumor de que en su país lo buscaban por desertor, o que talvez fuera un espía del gobierno británico. La unión se mantuvo más de veinte años. Exactamente veinte años más de lo que Clotilde Hermosilla había apostado consigo misma que aquel matrimonio duraría. La señora Clemencia Buendía siempre decía que si su matrimonio había durado tanto, era porque el señor Muppet y ella no se entendían en absoluto. Y es que hay que decir, que el señor Muppet, después de dos décadas viviendo en la isla, no hablaba más de cuatro palabras en español. Un día, ante la mirada perpleja de su esposa, el señor George Muppet se hizo a la mar, por primera vez en veinte años. Pidió a unos pescadores, mediante señas, si podía acompañarlos y estos no pusieron objeción. Los pescadores cuentan, tras faenar con ellos dos meses, y sin previo aviso, el inglés se tiró por la borda luego de farfullar al viento unas palabras en su idioma. El mar estaba embravecido aquella noche, perdieron de vista al señor Muppet de inmediato. Cuentan que el mar se lo tragó. Fuera como fuere, la señora Buendía nunca volvió a ver a su marido, al poco se le dio por muerto. Y fue así, como la Señora Buendía pasó a ser la viuda del señor Muppet. Puesto que nunca habían tenido hijos, la casa roja ahora sólo la tenía a ella.
Clotilde Hermosilla preparaba café, mientras su buena amiga repasaba la carta una y otra vez, sentada en la mecedora sin parar de reír. No es que la señora Clemencia Buendía nunca hubiera estado enamorada, porque sí lo había estado. El suyo había sido un amor imposible. La primera vez que le vio, ella no era más que una niña mientras que él ya había rodado su primera película en el cine. Leopoldo Hoyuelo era el hombre más guapo de la isla, y ya puestos, del mundo entero. Sus cabellos rubios al viento y su piel morena, eran sólo algunos de los detalles que la señora Clemencia Buendía recordaría cada día de su vida. Y es que Leopoldo Hoyuelo, había sido sin duda, su único y gran amor. Cuando Clotilde Hermosilla entró en el salón con dos tazas de café en la mano, su amiga se había esfumado.
La señora Clemencia Buendía bajó del autobús, caminó por aquel sendero pedregoso del que ya casi se había olvidado. Siendo ella muy joven, sus zapatos de charol negros de los domingos, habían recorrido aquella ruta. También con un sobre azul en la mano, cuyo interior contenía un papel azul en el que había escrito las más bellas palabras de amor. Nunca recibió respuesta. Nunca hasta ahora.
La mano le temblaba cuando llamó a la puerta de la casa, la misma puerta, por debajo de la cual deslizó aquella carta de amor muchos años antes. Un joven menudo y con bigote negro abrió. La señora Clemencia Buendía no reconoció en él ningún rasgo parecido con Leopoldo Hoyuelo. Después de hablar brevemente con el joven, este le explicó que la familia Hoyuelo ya no vivía allí, y que según tenía entendido, Leopoldo Hoyuelo vivía ahora en un de lugar de retiro, aunque desconocía el nombre de dicha institución y si esta se encontraba en la isla.

Era mediodía y hacía un sol de justicia, cuando la señora Buendía entró, casi sin aliento, en la oficina de correos y preguntó si podía hablar con Fermín, el cartero. Gustavo, el funcionario de correos y telégrafos, que la atendió, tuvo a bien de informarla que Fermín no acababa su ronda hasta dentro de media hora. La señora Buendía tomó asiento, y sacando un abanico de su bolso, decidió esperar allí mismo a que este llegara. Media hora en punto más tarde, Fermín entraba por la puerta. Cuando la señora Clemencia Buendía le preguntó por la dirección a la que llevaba las cartas al señor Leopoldo Hoyuelo, Fermín frunció el ceño, se rascó la cabeza canosa y arqueó las cejas, intentando recordar aquel nombre.
Leopoldo Hoyuelo despuntó en el cine a temprana edad, sus dos primeras películas fueron sencillamente maravillosas, él era el galán protagonista y su actuación fue simplemente estelar. Su tercera película, en cambio, tuvo muy malas críticas, y a partir de entonces, fue relegado a papeles secundarios en películas malas, y el mundo se olvidó de él. Aunque en el corazón de la señora Clemencia Buendía, su recuerdo se mantenía vivo. Ella pensaba en él a diario, montado en su motocicleta, traída de la capital, con las chicas de la isla revoloteando a su alrededor. Cuántas cartas cómo la suya habría recibido él a lo largo de su vida. Miles probablemente. Miles de jovencitas prometiéndole amor eterno en sus perfumadas misivas. Pero las promesas de amor, se evaporan a menudo, como la fragancia del perfume que las acompaña.
Talvez el motivo por el que la Señora Clemencia Buendía se casó con un hombre como George Muppet, fue la certeza de que él nunca la haría olvidarse de Leopoldo Hoyuelo.
Fermín de pronto recordó. Le dijo a la señora Buendía que el señor Hoyuelo ya apenas recibía carta alguna, y que desde hacía años estaba en un lugar de la isla llamado Verdes Prados, que el autobús número siete la llevaría directa hasta allí. La señora Clemencia Buendía agradeció a Fermín la información, luego de pensar qué estúpido nombre le habían puesto a ese lugar. Verdes Prados. ¿Y de qué color son los prados si no, rojos?
De ella, se podían contar muchas cosas, como el desaguisado que cometió con sus cejas siendo joven, y que le valió una eterna soltería, pero si algo no tenía Clotilde Hermosilla, era ni un pelo de tonta, al igual que ni un pelo le quedaba ya en las cejas.
Cuando la señora Clemencia Buendía salió de la oficina de correos y telégrafos, su mejor amiga la esperaba con los brazos en jarras. Después de plantarla de aquella manera, Clotilde Hermosilla había seguido la pista de su amiga cual investigador privado. Estaba en su derecho, por la amistad que las unía, de estar al corriente sobre todo lo concerniente al misterioso admirador. Clemencia Buendía, jamás hubiera permitido que su amiga le acompañara de no haber sido por los sabrosos bocadillos que había traído con ella. Durante el trayecto en autobús, la señora Buendía acalló sus nervios engullendo aquellos ricos emparedados.

Lo primero que pensó la señora Clemencia Buendía fue que aquel sitio tenía un olor muy desagradable, un olor desconocido para ella, pero le revolvió lo más hondo de su saciado estómago. Después de hablar con la enfermera jefe, y rellenar dos formularios interminables, la señora Clemencia Buendía fue guiada por otra enfermera, hasta la habitación que ocupaba Leopoldo Hoyuelo. Mientras caminaban a través de un laberinto de largos y blancos pasillos, la señora Buendía dio un traspié, cayendo al suelo de espaldas cuan larga y ancha era. Se necesitaron cinco enfermeras para levantar su fornido cuerpo del embaldosado.
Lo encontró encogido en un sillón gastado, mirando por la ventana. Sus cabellos rubios se habían vuelto blancos, su piel morena de antaño era ahora amarilla y su rostro sonriente y hermoso, estaba apagado y macilento. La señora Clemencia Buendía le saludó con un susurro, por miedo a despertarlo abruptamente de su letargo. Pero sus ojos grises la miraron y ella sintió que las piernas le fallaban. La enfermera se despidió diciendo que volvería en media hora. Él le tendió una mano huesuda y trémula, cual hoja de otoño, y ella la cogió entre las suyas como si de un pajarillo herido se tratara. A un lado del sillón, la señora Buendía vio la bolsa amarilla y no pudo reprimir las lágrimas. Leopoldo Hoyuelo apenas podía valerse por si mismo, era un anciano que esperaba pacientemente a que la muerte viniera a llevárselo.
La señora Clemencia Buendía, después de abandonar la carta azul en los confines de su alma, se arrodillo a los pies del anciano actor, puso la cabeza en su regazo, y rompió a llorar.
Cuando Clotilde Hermosilla vio reaparecer a su amiga en el vestíbulo de aquel horrible lugar, con la cara llena de churretes negros, su olfato suspicaz supo de inmediato que esta tramaba algo. Nunca nadie había visto a la señora Clemencia Buendía levantar la voz, discutir o pelearse con alguien. Pero aquella tarde del primer día de verano, su gran amiga hizo uso de esos kilos acumulados y de los bocadillos de mortadela sobrantes, para derribar a cuantas enfermeras se le pusieron delante, luchó como una fiera e incluso amenazó con sacarse uno de sus zapatos de tacón de aguja. Al no tener Leopoldo Hoyuelo familia alguna, nadie, a parte de las enfermeras, podía oponerse a la voluntad de la señora Clemencia Buendía, y ya se encargó esta de mantenerlas a raya.
Se cumplían más de cuarenta años desde el día en que aquella niña espiaba agazapada entre las estanterías del colmado, en el que solía comprar golosinas y helados, a aquel actor famoso, y el hombre más guapo del mundo. Él la sorprendió y sonriente acarició sus oscuros cabellos, diciéndole que sin duda era la jovencita más linda de la isla. Aquella fue la única vez que los caminos que ella y Leopoldo Hoyuelo se encontraron, pero aquel fue el día en que la señora Buendía fue esencialmente feliz para siempre. Ahora ella le mesaba los cabellos blancos y él, sin saber que aquella mujer le había amado durante toda una vida, contemplaba los maravillosos días de verano en compañía de una señora llamada Clemencia Buendía.


FIN

Silvia Serra

martes, 3 de agosto de 2010

LA MENTIRA


La mentira, Pecado Capital según he podido saber. Tiene las patas muy cortas según he podido comprobar. La mentira es un sabueso que se esconde en la oscuridad, allá en una esquina esperando una señal. Cuando esta aparece, la bestia abre sus ojos, brillantes y rojos y saca sus garras. Esta te llama... su voz sibilina susurra: Deja que te acompañe, conmigo todo irá bien. Con estas palabras el sabueso empieza el cortejo del cualquier alma ignorante y cobarde. El cortejo sigue: Yo te protegeré...seré tu mejor aliado...juntos caminaremos por las sombras. Es entonces cuando la bestia empieza a devorar la mano que lo alimenta, primero acaba con la voluntad y no descansa hasta que logra dar con el discernimiento, la muerte de este último es la tortura más angustiosa que nadie pueda imaginar. Una vez conseguido este propósito, la mentira empieza a matar. Sus garras se posan en miembros sanos y puros, se posan en los brazos del amor, en las alas de la amistad y en las piernas de la fe y los amputa chapuceramente. Sólo hay uno que prevalece. El perdón. Este es inalienable, su ataque es pasivo, pero a pesar de ello la bestia le teme, el perdón purifica, el perdón anula todo acto de mala fe cometido. La Mentira es cobarde y carroñera desde sus inicios, el perdón borra toda su esencia.

Yo veo a la bestia, que se cree invisible entre otras destrezas. La huelo y la oigo arrastrarse, bate sus alas negras, con sus garras afiladas que lo arañan todo a su paso. Aprieto los dientes, siento hervir la sangre en mis sienes. Mi corazón se desboca y mi respiración se torna salvaje. Sus ojos rojos me hieren, mi bestia sale de su rincón. La ira. Es ella quien acude a mi llamada.La espuma espesa emana de sus boca de dientes afilados. Siento vergüenza. La ira quema como el fuego y arrasa con todo a su paso. Mi bestia se abalanza sobre su adversario y la ataca ferozmente hasta verlo reducida a despojos. La figura de un cuervo maltrecho es lo único que queda de la mentira. Mi guardián se aparta victorioso y el animalejo vencido emprende un vuelo renqueante. No me siento orgullosa, ¿ante qué mal sucumbo yo?

A veces busco el perdón, como guardián que mire a tu aliado cobarde con compasión, y lo derrote de una vez por todas. No alimentes más a tu bestia. Yo estoy urdiendo un plan para asesinar a la mía.