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viernes, 3 de septiembre de 2010

AMOR CIEGO O DIARIO DE LA NIÑA TOPO


Dedicado al entrañable Osvaldo Carvajal.

¿Cuántas veces me habré enamorado en mi vida? De pequeña me bastaba para ver al chico más guapo del día para enamorarme perdidamente y entregarle mi corazón para siempre jamás o al menos hasta el día siguiente. Llegué a enamorarme de chicos realmente extraños, recuerdo a uno que no movía los brazos al caminar, y luego está ese pelirrojo que no hablaba. Yo tendría unos diez años y era miope, no muy topo aunque lo bastante como para no ver bien a las personas de lejos, de manera que a veces me enamoraba de sombras difusas, siluetas difuminadas, pero también ellas eran carne para mi caldo. Amaba el amor. Necesitaba sentir amor y todo lo que ello conlleva, mi gran amado era el amor. Mi azúcar y mi sal... sin él nada tenía sentido. Así que aquí me tenéis, la que fuera una niña de diez años que al salir de la piscina entrecerraba los ojos intentando captar el detalle de la sombra de un desconocido, el color de su pelo, si tenía o no dos ojos y dos piernas... y si cumplía esos requisitos... yo me decía a mi misma: ‘Vaya... creo que le amo’. El momento del desamor era tan drástico como quitarse un tirita de golpe y tenía lugar en el preciso momento en el que me ponía las gafas.
A los catorce empecé a usar lentillas y también empecé a enamorarme con mas tino. A los de baush&lomb les debo un corazón menos decepcionado.

A los 19 yo vivía en Francia. Huí al país vecino, huí de un amor que me había sido entregado y que yo no podía corresponder. Si algo me atormenta es no poder corresponder al amor con amor. Una vez en Francia mi primer amor allí fue Alain, un carnicero charcutero del supermecado Casino. Alain y yo intercambiamos intensas conversaciones, ‘ponme un poco de jamón, por favor’ a lo que él respondía: ‘ ¿te lo corto fino o grueso?’. Y nuestras miradas se cruzaban. El vocabulario charcutero fue mi primer contacto real con el francés. Nuestra historia no pasó del mostrador, y un día, mientras el cortaba finamente mi ración de jamón, manjar que yo ya había empezado a coleccionar en mi nevera y de hecho podría haber vendido al por mayor, me percaté de un detalle que cambiaría mis sentimientos por Alain para siempre. Sus pulgares. Los vi dibujados, cogiendo la pieza de jamón y meciéndola delante y atrás en la máquina cortadora, con su pulgar en forma de pezuña de cerdo. ¡Dedos porcinos!. Supongo que alguien habrá venerado esas pezuñas sonrosadas, pero ese alguien no iba a ser yo. Pronto llegó Jean-Sebastien, componente de un grupo de AIKIDO que se hospedaba en mi mismo hotel en el que yo trabajaba como canguro. JS me hablaba sin parar de una manera tan entrañable, parecía estar tan lleno de vida. creo que no me hubiera enamorado de él si hubiera entendido una sola palabra de lo que decía. Entiendan ustedes las limitaciones del vocablo del mundo de la charcutería y carnicería. Imagínense, él diría algo como “ estás muy guapa esta noche” y yo contestaría “ Celery Rémoulade”. Pero en lugar de eso, Jean-Sebastien hablaba con efusión y grandes aspavientos a ratos, a lo cual yo respondía entreabriendo la boca con sorpresa, y él sonreía aun más. Pero nunca supe si él sospechó que yo no entendí ni una sola de las palabras que él con tanta pasión me había entregado. JS se fue y me quedé triste, pensado en qué me habría dicho, pero pronto me consolé pensando en la de cosas tontas que seguro me diría y en cuan afortunada era yo de no poderlas entender. Aprendí el idioma, pero ningún otro francés volvió a ser de mi interés. Ahora los colecciono en mi memoria en forma de bultos o sombras. Está El chico del tren. El chico del tercer balcón por la derecha en el segundo piso del bloque de enfrente. El dependiente de videoclub. El chico que me encontré frente a la ventana de mi despacho ( el limpia ventanas). El chico dos cursos mayor que yo. El profesor sustituto. El chico por el que me apunté a baloncesto e hice un ridículo espantoso.El vecino de arriba 15 años mayor que yo. Y he de decir que también me enamoré de Son Goku y posteriormente de otro protagonistas de Dragon Ball. Había una chica en mi clase, en primaria, ella era muy inteligente y eso por aquel entonces se demostraba con la nota de los exámenes, se llamaba Ana B. y me consta que ella también estaba enamorada del mismo dibujo animado que yo, ese hecho me hacía sentir menos petarda. Es curiosa la manera que tenía el amor de hacerme sentir viva desde la infancia hasta la adolescencia. Me he enamorado de innumerables protagonistas de innumerables novelas. ¿Debemos idealizar el amor hasta darle la forma que deseamos y no darnos por vencidos hasta encontrarlo, o por el contrario deberíamos aceptar al amor aunque venga en forma de pezuñas de cerdo?

Silvia Serra

martes, 10 de agosto de 2010

LA SEÑORA CLEMENCIA BUENDÍA Y LA CARTA DE AMOR


La señora Clemencia Buendía vivía en una isla del mediterráneo. En una pequeña casa roja junto al mar. Aquella mañana, la señora Buendía se despertó antes que de costumbre, no usaba despertador porque su instinto casi nunca fallaba. A las ocho en punto, la Señora Clemencia Buendía abría los ojos. Sus pestañas a menudo se pegaban unas con otras, debido al rimel, que nunca recordaba quitarse la noche anterior. Tenía que rodar sobre sí misma, para poder levantar su pesado cuerpo de la cama. La señora Clemencia Buendía nunca había pensado en perder peso, a pesar de que su mejor amiga, Clotilde Hermosilla, la hostigaba para que probara todo tipo de dietas.
Pero lo cierto es, que ella odiaba las ensaladas y las verduras. Es por ello que su frigorífico se encontraba siempre bien abastecido de hamburguesas, bizcochos de chocolate, jugosos filetes, croquetas de pollo, y un sinfín de otros alimentos que contribuían, a que cada día fuera un poco más grande. A Clemencia Buendía le gustaba ser grande. El día en que se quedó sola, se sintió tan pequeña e insignificante, que empezó a comer de todo lo que le gustaba a todas horas. El ser más grande la había ayudado a llenar aquel vacío. Ella a menudo recordaba tiempos lejanos en los que en su casa reinaba el sonido de las risas de sus hermanas, las canciones de Gardel en la radio y que su madre cantaba mientras limpiaba y guisaba. Cuando su padre regresaba de faenar, la casita también recogía el olor a pescado que traía consigo. Es por ello que no sería extraño encontrar a la Señora Clemencia Buendía desayunando un entrecot a la pimienta frente al mar, en el jardín trasero de su casita roja, con la única compañía de las gaviotas y las olas llegando a la blanca orilla..
Aquella mañana, después de un copioso desayuno compuesto de huevos fritos con beicon y mousse de limón, la señora Buendía se plantó frente al espejo del lavabo. Nadie sabía la edad exacta de Clemencia Buendía, aunque su mejor amiga, Clotilde Hermosilla, y la que hacía más tiempo que la conocía, era la que más se acercaba, en sus cálculos o suposiciones, a la cifra exacta.
Luego de repasar una a una sus arrugas, y comprobar que no había ninguna nueva, la señora Clemencia Buendía decidió que no era necesario retirar el maquillaje del día anterior, puesto que este se encontraba en bastante buen estado. Así que después de añadir rimel a las acartonadas pestañas, aplicar generosamente una nueva mano de colorete en sus mejillas y sombra de ojos azul en sus párpados, se sintió satisfecha con la imagen en el espejo.
Aquel era el primer día de verano de 1975, el sol brillaba y el mar estaba más azul que nunca. Este acontecimiento se tenía que celebrar con un bonito atuendo.
La señora Clemencia Buendía abrió la puerta de su casa luciendo un vestido verde a topos blancos, y unos perfectos zapatos de tacón rojos, en el preciso momento en que el cartero desmontaba su bicicleta y agitaba, a modo de saludo, una mano llena de cartas.
Había una carta para ella. Un sobre azul, no muy grande, llevaba escrito su nombre con una letra firme y elegante, sin remitente. La abrió allí mismo, en la entrada de su casa, pero tras leer la primera línea, se detuvo de inmediato, tomó aire, y sin cerrar la puerta, se dirigió al sofá, que antaño solía convertirse en cama, y en el que ella y sus dos hermanas solían dormir. Volvió a abrir el papel, azul como el sobre, y releyó la primera línea.

Estimada señora Clemencia Buendía,

Hoy, después de muchos años, he reunido el valor suficiente para decirle que la amo. No es este un amor pasajero, puesto que desde el primer día que la vi, mi corazón no ha vuelto a latir con normalidad. Usted me recuerda al mar. Bello cuando está en calma, y bello cuando se enfada. Hermoso y alegre bajo el sol del verano, y perfecto y lejano bajo las nubes en invierno.
Yo amo el mundo porque usted está en él. Despierto cada mañana preguntándome si la veré, si nuestros caminos se encontrarán. Pensar en usted me hace el hombre más feliz del mundo.
No le pido que me ame, sólo deseo que sepa, que cerca de usted hay alguien que se despierta queriéndola con todo el corazón, y que en las noches, tras contemplar el sol ponerse, la ama más todavía.

Siempre suyo.


La carta no iba firmada. La señora Clemencia Buendía permaneció estupefacta, contemplando las margaritas dibujadas en la funda que cubría el sofá y que ella misma había tejido. Aquel era su oficio, tejer bonitos mantos, colchas, fundas y tapices que los turistas de la isla compraban para decorar sus hogares en países lejanos.
Primero sonrió tímidamente, luego rió a carcajadas hasta que las lágrimas le saltaron de los ojos, sorteando la barrera de rimel, y mezclándose con la gruesa capa de maquillaje.
La primera en saberlo, fue sin duda su mejor amiga Clotilde Hermosilla. Esta no podía dar crédito a lo que leía en aquel papel azul. Pero no había duda, ¡su buena amiga Clemencia Buendía tenía un admirador! El matasellos era de la isla y todo indicaba que el autor de la carta en cuestión, también.
La señora Buendía había estado casada una vez. El afortunado fue un hombre de la Gran Bretaña, que vino a la isla por vacaciones, y que no hablaba ni una palabra de español. Su nombre era George Muppet. Nunca antes se unió una pareja más inverosímil que el señor Muppet y la señora Buendía. Él era mayor que ella en edad, pero a lo que estatura se refiere, no se necesitaba ser muy alto para sacarle un par de cabezas al buen inglés. El amor a primera vista no se produjo en ningún momento, y la pasión desenfrenada, típica en los recién casados, nunca estuvo presente entre la señora Buendía y su esposo. La piel del señor Muppet era tan blanca que a veces parecía traslúcida, y su cuerpo enjuto estaba coronado por una cabeza rosada, desprovista de cualquier atisbo de pelo, pero bien surtida por un par de orejas de soplillo. Él era un hombre callado y serio. En la isla corría el rumor de que en su país lo buscaban por desertor, o que talvez fuera un espía del gobierno británico. La unión se mantuvo más de veinte años. Exactamente veinte años más de lo que Clotilde Hermosilla había apostado consigo misma que aquel matrimonio duraría. La señora Clemencia Buendía siempre decía que si su matrimonio había durado tanto, era porque el señor Muppet y ella no se entendían en absoluto. Y es que hay que decir, que el señor Muppet, después de dos décadas viviendo en la isla, no hablaba más de cuatro palabras en español. Un día, ante la mirada perpleja de su esposa, el señor George Muppet se hizo a la mar, por primera vez en veinte años. Pidió a unos pescadores, mediante señas, si podía acompañarlos y estos no pusieron objeción. Los pescadores cuentan, tras faenar con ellos dos meses, y sin previo aviso, el inglés se tiró por la borda luego de farfullar al viento unas palabras en su idioma. El mar estaba embravecido aquella noche, perdieron de vista al señor Muppet de inmediato. Cuentan que el mar se lo tragó. Fuera como fuere, la señora Buendía nunca volvió a ver a su marido, al poco se le dio por muerto. Y fue así, como la Señora Buendía pasó a ser la viuda del señor Muppet. Puesto que nunca habían tenido hijos, la casa roja ahora sólo la tenía a ella.
Clotilde Hermosilla preparaba café, mientras su buena amiga repasaba la carta una y otra vez, sentada en la mecedora sin parar de reír. No es que la señora Clemencia Buendía nunca hubiera estado enamorada, porque sí lo había estado. El suyo había sido un amor imposible. La primera vez que le vio, ella no era más que una niña mientras que él ya había rodado su primera película en el cine. Leopoldo Hoyuelo era el hombre más guapo de la isla, y ya puestos, del mundo entero. Sus cabellos rubios al viento y su piel morena, eran sólo algunos de los detalles que la señora Clemencia Buendía recordaría cada día de su vida. Y es que Leopoldo Hoyuelo, había sido sin duda, su único y gran amor. Cuando Clotilde Hermosilla entró en el salón con dos tazas de café en la mano, su amiga se había esfumado.
La señora Clemencia Buendía bajó del autobús, caminó por aquel sendero pedregoso del que ya casi se había olvidado. Siendo ella muy joven, sus zapatos de charol negros de los domingos, habían recorrido aquella ruta. También con un sobre azul en la mano, cuyo interior contenía un papel azul en el que había escrito las más bellas palabras de amor. Nunca recibió respuesta. Nunca hasta ahora.
La mano le temblaba cuando llamó a la puerta de la casa, la misma puerta, por debajo de la cual deslizó aquella carta de amor muchos años antes. Un joven menudo y con bigote negro abrió. La señora Clemencia Buendía no reconoció en él ningún rasgo parecido con Leopoldo Hoyuelo. Después de hablar brevemente con el joven, este le explicó que la familia Hoyuelo ya no vivía allí, y que según tenía entendido, Leopoldo Hoyuelo vivía ahora en un de lugar de retiro, aunque desconocía el nombre de dicha institución y si esta se encontraba en la isla.

Era mediodía y hacía un sol de justicia, cuando la señora Buendía entró, casi sin aliento, en la oficina de correos y preguntó si podía hablar con Fermín, el cartero. Gustavo, el funcionario de correos y telégrafos, que la atendió, tuvo a bien de informarla que Fermín no acababa su ronda hasta dentro de media hora. La señora Buendía tomó asiento, y sacando un abanico de su bolso, decidió esperar allí mismo a que este llegara. Media hora en punto más tarde, Fermín entraba por la puerta. Cuando la señora Clemencia Buendía le preguntó por la dirección a la que llevaba las cartas al señor Leopoldo Hoyuelo, Fermín frunció el ceño, se rascó la cabeza canosa y arqueó las cejas, intentando recordar aquel nombre.
Leopoldo Hoyuelo despuntó en el cine a temprana edad, sus dos primeras películas fueron sencillamente maravillosas, él era el galán protagonista y su actuación fue simplemente estelar. Su tercera película, en cambio, tuvo muy malas críticas, y a partir de entonces, fue relegado a papeles secundarios en películas malas, y el mundo se olvidó de él. Aunque en el corazón de la señora Clemencia Buendía, su recuerdo se mantenía vivo. Ella pensaba en él a diario, montado en su motocicleta, traída de la capital, con las chicas de la isla revoloteando a su alrededor. Cuántas cartas cómo la suya habría recibido él a lo largo de su vida. Miles probablemente. Miles de jovencitas prometiéndole amor eterno en sus perfumadas misivas. Pero las promesas de amor, se evaporan a menudo, como la fragancia del perfume que las acompaña.
Talvez el motivo por el que la Señora Clemencia Buendía se casó con un hombre como George Muppet, fue la certeza de que él nunca la haría olvidarse de Leopoldo Hoyuelo.
Fermín de pronto recordó. Le dijo a la señora Buendía que el señor Hoyuelo ya apenas recibía carta alguna, y que desde hacía años estaba en un lugar de la isla llamado Verdes Prados, que el autobús número siete la llevaría directa hasta allí. La señora Clemencia Buendía agradeció a Fermín la información, luego de pensar qué estúpido nombre le habían puesto a ese lugar. Verdes Prados. ¿Y de qué color son los prados si no, rojos?
De ella, se podían contar muchas cosas, como el desaguisado que cometió con sus cejas siendo joven, y que le valió una eterna soltería, pero si algo no tenía Clotilde Hermosilla, era ni un pelo de tonta, al igual que ni un pelo le quedaba ya en las cejas.
Cuando la señora Clemencia Buendía salió de la oficina de correos y telégrafos, su mejor amiga la esperaba con los brazos en jarras. Después de plantarla de aquella manera, Clotilde Hermosilla había seguido la pista de su amiga cual investigador privado. Estaba en su derecho, por la amistad que las unía, de estar al corriente sobre todo lo concerniente al misterioso admirador. Clemencia Buendía, jamás hubiera permitido que su amiga le acompañara de no haber sido por los sabrosos bocadillos que había traído con ella. Durante el trayecto en autobús, la señora Buendía acalló sus nervios engullendo aquellos ricos emparedados.

Lo primero que pensó la señora Clemencia Buendía fue que aquel sitio tenía un olor muy desagradable, un olor desconocido para ella, pero le revolvió lo más hondo de su saciado estómago. Después de hablar con la enfermera jefe, y rellenar dos formularios interminables, la señora Clemencia Buendía fue guiada por otra enfermera, hasta la habitación que ocupaba Leopoldo Hoyuelo. Mientras caminaban a través de un laberinto de largos y blancos pasillos, la señora Buendía dio un traspié, cayendo al suelo de espaldas cuan larga y ancha era. Se necesitaron cinco enfermeras para levantar su fornido cuerpo del embaldosado.
Lo encontró encogido en un sillón gastado, mirando por la ventana. Sus cabellos rubios se habían vuelto blancos, su piel morena de antaño era ahora amarilla y su rostro sonriente y hermoso, estaba apagado y macilento. La señora Clemencia Buendía le saludó con un susurro, por miedo a despertarlo abruptamente de su letargo. Pero sus ojos grises la miraron y ella sintió que las piernas le fallaban. La enfermera se despidió diciendo que volvería en media hora. Él le tendió una mano huesuda y trémula, cual hoja de otoño, y ella la cogió entre las suyas como si de un pajarillo herido se tratara. A un lado del sillón, la señora Buendía vio la bolsa amarilla y no pudo reprimir las lágrimas. Leopoldo Hoyuelo apenas podía valerse por si mismo, era un anciano que esperaba pacientemente a que la muerte viniera a llevárselo.
La señora Clemencia Buendía, después de abandonar la carta azul en los confines de su alma, se arrodillo a los pies del anciano actor, puso la cabeza en su regazo, y rompió a llorar.
Cuando Clotilde Hermosilla vio reaparecer a su amiga en el vestíbulo de aquel horrible lugar, con la cara llena de churretes negros, su olfato suspicaz supo de inmediato que esta tramaba algo. Nunca nadie había visto a la señora Clemencia Buendía levantar la voz, discutir o pelearse con alguien. Pero aquella tarde del primer día de verano, su gran amiga hizo uso de esos kilos acumulados y de los bocadillos de mortadela sobrantes, para derribar a cuantas enfermeras se le pusieron delante, luchó como una fiera e incluso amenazó con sacarse uno de sus zapatos de tacón de aguja. Al no tener Leopoldo Hoyuelo familia alguna, nadie, a parte de las enfermeras, podía oponerse a la voluntad de la señora Clemencia Buendía, y ya se encargó esta de mantenerlas a raya.
Se cumplían más de cuarenta años desde el día en que aquella niña espiaba agazapada entre las estanterías del colmado, en el que solía comprar golosinas y helados, a aquel actor famoso, y el hombre más guapo del mundo. Él la sorprendió y sonriente acarició sus oscuros cabellos, diciéndole que sin duda era la jovencita más linda de la isla. Aquella fue la única vez que los caminos que ella y Leopoldo Hoyuelo se encontraron, pero aquel fue el día en que la señora Buendía fue esencialmente feliz para siempre. Ahora ella le mesaba los cabellos blancos y él, sin saber que aquella mujer le había amado durante toda una vida, contemplaba los maravillosos días de verano en compañía de una señora llamada Clemencia Buendía.


FIN

Silvia Serra

martes, 3 de agosto de 2010

LA MENTIRA


La mentira, Pecado Capital según he podido saber. Tiene las patas muy cortas según he podido comprobar. La mentira es un sabueso que se esconde en la oscuridad, allá en una esquina esperando una señal. Cuando esta aparece, la bestia abre sus ojos, brillantes y rojos y saca sus garras. Esta te llama... su voz sibilina susurra: Deja que te acompañe, conmigo todo irá bien. Con estas palabras el sabueso empieza el cortejo del cualquier alma ignorante y cobarde. El cortejo sigue: Yo te protegeré...seré tu mejor aliado...juntos caminaremos por las sombras. Es entonces cuando la bestia empieza a devorar la mano que lo alimenta, primero acaba con la voluntad y no descansa hasta que logra dar con el discernimiento, la muerte de este último es la tortura más angustiosa que nadie pueda imaginar. Una vez conseguido este propósito, la mentira empieza a matar. Sus garras se posan en miembros sanos y puros, se posan en los brazos del amor, en las alas de la amistad y en las piernas de la fe y los amputa chapuceramente. Sólo hay uno que prevalece. El perdón. Este es inalienable, su ataque es pasivo, pero a pesar de ello la bestia le teme, el perdón purifica, el perdón anula todo acto de mala fe cometido. La Mentira es cobarde y carroñera desde sus inicios, el perdón borra toda su esencia.

Yo veo a la bestia, que se cree invisible entre otras destrezas. La huelo y la oigo arrastrarse, bate sus alas negras, con sus garras afiladas que lo arañan todo a su paso. Aprieto los dientes, siento hervir la sangre en mis sienes. Mi corazón se desboca y mi respiración se torna salvaje. Sus ojos rojos me hieren, mi bestia sale de su rincón. La ira. Es ella quien acude a mi llamada.La espuma espesa emana de sus boca de dientes afilados. Siento vergüenza. La ira quema como el fuego y arrasa con todo a su paso. Mi bestia se abalanza sobre su adversario y la ataca ferozmente hasta verlo reducida a despojos. La figura de un cuervo maltrecho es lo único que queda de la mentira. Mi guardián se aparta victorioso y el animalejo vencido emprende un vuelo renqueante. No me siento orgullosa, ¿ante qué mal sucumbo yo?

A veces busco el perdón, como guardián que mire a tu aliado cobarde con compasión, y lo derrote de una vez por todas. No alimentes más a tu bestia. Yo estoy urdiendo un plan para asesinar a la mía.

jueves, 15 de julio de 2010

LA TERAPIA: SEGUNDO DIA



LA TERAPIA: SEGUNDO DIA

Estos últimos días los he pasado en cama con fiebre, he tenido mucho tiempo para pensar y lo cierto es que terribles ideas han asaltado mi cabeza. Una visión tan triste como cierta sobre la vida de cada uno de los seres vivos que habitan en este planeta me martillea el cerebro. La verdad, la única verdad que nos une es la certeza de que nuestra existencia, por muchos años que uno disfrute de la suya, siempre es corta y nadie, absolutamente nadie, va a salir de esta con vida. Este es un mundo de condenados. Todos estamos condenados. ¡Qué triste! Creo que aún tengo fiebre, espero no contagiarle.
¿Es posible que un catarro, por muy gordo que sea, trastorne mi capacidad para pensar de un modo normal?
Me siento como aquella vez que siendo niño me encontraba en una acampada al mas puro estilo Boy Scout. Yo dormía apaciblemente en una tienda de campaña con otros tres compañeros. El caso es que me desperté en medio de la noche con unos retortijones espantosos, mi estómago hervía como un volcán a punto de entrar en erupción. Salí de la tienda de campaña doblado en dos. Fuera estaba oscuro, silencioso, sólo se oía el rugir de mi estómago. A medio camino hacia alguna parte me percaté de que me había olvidado las gafas en la tienda, junto al arrebujo de ropa que constituía mi almohada. Pensé en volver a buscarlas, porque ya a aquella edad yo era muy miope, pero mi ano, viéndose solo ante el peligro, me dijo que no podría retener la avalancha por mucho más tiempo. Corrí unos metros sin tener la más mínima idea de adonde me dirigía, cuando mis piernas avanzaron al resto de mi cuerpo supe que era el momento. Me bajé los pantalones del pijama y el resto ya se lo puede imaginar. Me costó más de media hora encontrar mi tienda de campaña. Todos dormían, nadie se había enterado de nada. Sería mi secreto.

A la mañana siguiente, los pájaros cantaban, el cielo era azul y el sol brillaba, todo olía a naturaleza. Todo menos yo, que despedía un tufillo más bien desagradable y muy familiar. Inspeccioné mi pijama, y allí estaba, Iron Man cubierto de caca. Pero la cosa no acababa allí, llegó a mis oídos la noticia de que todos mis compañeros se habían congregado alrededor de lo que debía de ser un descubrimiento botánico-zoológico revelador. Así lo pensé hasta que después de limpiarme (doy gracias a mi madre por aquel exceso de pañuelos que siempre me hacía llevar a todas partes), cambiarme el pijama por ropa limpia de Boy Scout que no defeca en medio de bosques oscuros, oí la voz de uno de los monitores que decía: ¿Se puede saber quién ha podido tener la poca vergüenza de hacer algo así?

Matt era un muchachito pequeño, enclenque, empollón y sabihondo de los que tapan su examen incluso antes de empezar a escribir para que nadie les copie, con gafas enormes y vestimenta siempre pulcramente almidonada, de esos a los que te dan ganas de pegar sin ningún motivo a la hora del recreo, de esos muchachos que si se encuentran una defecación sospechosa y del tamaño de una isla frente a su tienda de campaña, no pasará de largo como otros harían. No, Matt no era así. Matt era el tipo de niño retorcido que llamaría a todo el mundo para que ellos también compartieran tan alucinante descubrimiento. Momento Boy Scout.

Entienda que aquella fue una de las vivencias más humillante y vergonzosa de toda mi infancia. Bueno, yo tendría unos catorce años... ¿se considera aún infancia, o los catorce ya forman parte de la pubertad?
Lo que intento expresar es que últimamente me siento tan perdido y tan ansioso como aquella noche en el bosque, es una angustia a la que no me se sobreponer. Y estas horribles ideas sobre la vida y la muerte no ayudan.

Lo peor de todo es que sé muy bien porqué me he puesto enfermo, no se trata de una corriente de aire, ni de noches de fiesta en una piscina con un par de gemelas tetudas. Me explico; hace seis días mi coche sufrió una avería y tuve que coger el tren para ir al despacho. Llegaba tarde, puesto que me había entretenido en el taller mecánico dando parte de la avería y viendo los pósteres de chicas desnudas que colgaban de la pared. Corrí hacía el tren, tenía una reunión a las diez a la que no podía faltar. Estaba a punto de llegar al andén cuando una anciana con un bastón me pidió que la guiara hasta el tren. Me suplicó que caminara despacio ¡porque era CIEGA! La cogí amablemente por el codo como solía hacer con mi madre antes de que se quedara postrada en una silla de ruedas. Pacientemente la llevé hasta el andén, de pronto vi que mi tren se aproximaba. La anciana me preguntó si estábamos en el andén número cuatro. Efectivamente, no, no estábamos en el andén cuatro, estábamos en el seis y mi tren salía desde el andén número seis. No podía perder aquel tren de ninguna manera y aquella anciana se me había aferrado al brazo y no tenía intención de dejarme marchar. La subí a mi tren y le busqué un buen sitio para sentarla. Lo ojos de pez de la anciana miraban al infinito y sonreían reposados, como si fuesen testigo del más maravilloso de los paisajes. Tardé dos minutos en llegar hasta el otro extremo del tren, donde aquella ancianita invidente no podría encontrarme. Pero sí me encontró. Pero de un modo u otro lo hizo porque la fiebre empezó aquella misma tarde y desde entonces no le encuentro sentido a la vida.

¿Qué puedo hacer? No puedo contarle esto a nadie. Si no fuera porque le pago y existe la ley de confidencialidad entre paciente y médico, tampoco a usted se lo contaría. Me avergüenzo de mí mismo.
Si mi madre supiera lo que hice, se levantaría de la silla de ruedas para abofetearme y me diría: Nunca hubiera imaginado que un hijo mío fuera capaz de cagarse delante de la tienda de campaña del pobre Matt Petersen. Pobre muchacho, nunca volvió a ser el mismo desde entonces, después de aquel verano el chico se trastornó y empezó a pasearse en cueros por la urbanización con aquel radiocasete colgado al hombro, y la música de los Beach Boys a todo gas. Recuerda que Matt Petersen está aun recluido en un sanatorio y que por aquí nadie recuerda Surfin’ USA con cariño. ¡Todo por culpa de tu caca!

Bien, no ponga esa cara por Dios, me lo acabo de inventar, aún disfruto fantaseando con el sufrimiento de ese pobre muchacho. Lo veo en el suelo del patio del colegio, con las gafas rotas y su bocadillo de mortadela desperdigado por el patio arenoso. Lo cierto es que Matt Petersen creció, creció más que todos nosotros y ahora anuncia calzoncillos Calvin Klein.

Doc, ¿puedo llamarle Doc? Bien, gracias. Escuche Doc, estoy perdido. Tengo que encontrar a esa anciana y disculparme. Llevarla al parque, ser el nieto que nunca tuvo. Tengo que encontrarla y decirle cuánto lo siento. Tengo que invitarla a un té con pastas, o aún mejor, la invitaré a comer. Si me pide que la acompañe hasta el tren cada día lo haré gustoso e incluso la abasteceré con un rico desayuno. Haré lo que sea para enmendar el acto cruel que cometí contra aquella anciana invidente.

Me pregunto, y lo hago muy a menudo, si todo el mundo tiene tantas cosas que ocultar como yo. ¿Puedo ir a la cárcel por lo que he hecho?
El caso es que ya no puedo ni rebelarme contra la loca de mi vecina. Sin ir más lejos, antes de ayer me encontraba sumido en la penumbra de mi apartamento, bañado en un pestilente sudor frío, sintiendo como mi mundo se venía abajo, cuando la retrasada llamó a mi puerta o, mejor dicho, aporreó mi puerta. Como sé cuánto le cuesta desistir de sus empeños, me arrastré por el piso hasta llegar a la puerta. La abrí, fui amable con ella, que me traía un pastel. Es cierto que aún no puedo mirarla a la cara sin evocar ciertas imágenes que me provocan arcadas. Cogí el pastel o tarta, o lo que quiera que fuera, le di las GRACIAS y cerré la puerta. ¿Comérmelo? No. Acabó en el cubo de la basura. Soy incapaz de comerme algo cocinado con las manos de esa tarada. Pero creo que he progresado, he tirado el pastel, o tarta, o suflé, o lo que fuera, (es que no logré identificarlo a pesar de encender la luz para poder verlo), en mi cubo de basura, en lugar de esperar a que la autora de aquella aberración culinaria, se metiera orgullosa en su apartamento y entonces aplastarlo contra su puerta.

¿Sabe lo más gracioso Doc? Lo más gracioso de todo es que no deseo sentirme bien hasta encontrar a esa anciana ciega y hacer lo que un hombre debe hacer.

domingo, 27 de junio de 2010

De S para S:


Descansas a mi lado, te oigo respirar... me gustaría acercarme a tu cuello y olerte. Deseo que me mires como si me vieras por primera vez, como haces a veces. Tal vez me ofusca no saber qué puedo darte. Un corazón que no conoce felicidad sin antes degustar la tristeza, porque debe conocer la segunda para apreciar más la primera. A veces te veo conmigo, el lugares en los que he estado... lejos de aquí, lejos de todo. Extiendo mi brazo, levanto el dedo índice y apunto a un lugar muy concreto... poco más que una mancha en el horizonte. “ ya llegamos, espera y verás”, y me emociona saber que vas a conocer algo más de mi, y seré un poco más tuya y tú serás un poco más mío, aunque en el fondo sepamos que literalmente nada nos pertenece, que todo aquí es prestado. A veces te veo, sentado en algún lugar, un sitio completamente ajeno a ti y a tú mundo... esa visión me hace feliz. Aun no se explicar porqué. Escucho tu respiración... tan pausada. Una noche puse mi rostro frente al tuyo mientras dormías. Respiré tu aire. Luego me dormí,. Aunque tal vez me maree y perdí el conocimiento, ¡quién sabe! El caso es que necesito saber que no tengo las manos vacías. Me gusta tu sencillez, un rasgo en vías de extinción para la mayoría. Tu y yo. S&S. Primero rugimos como fieras pero pronto se nos enrojecen los ojos... los tuyos son entonces realmente bellos. Siento que las rodillas me tiemblan y me juro a mi misma que nunca antes he podido quererte tanto como en ese momento. Pero me juro a mi misma eso mismo muchas veces al día. Empieza de buena mañana cuando me despiertas con un beso antes de irte y me dices esas palabras al oído. Y pienso: ¡Juraría que nunca antes le he querido tanto!
Desearía poder darte más que mis pinturas y mi puñado de fotografías, algo más que mis libros y mis teorías sobre el ser o no ser. Dime qué puedo darte, buscaré en mi saco de tela a ver si tengo, si no es así lo crearé para ti. Sólo deseo saber que hay un lugar para los que aun no sabemos todo lo que hay en nuestro interior.
Se me cierran los ojos... son las 2.50 a.m. Me acompañan tu respiración y el sonido de las teclas. El rugido de una moto se pierde en la lejanía... el tic tac del reloj... Buenas noches mi amor.

De S Para S.

miércoles, 16 de junio de 2010

COGE MI MANO-Capitulo1


Habían encendido las luces en las calles cuando entró en el barrio. Aquellas luces anaranjadas lo bañaban todo con melancolía. Siempre había pensado que nada bueno podía ocurrir bajo aquellas luces. Las calles estaban vacías a excepción de un escuálido perro que rondaba en busca de comida. Las botellas de cristal tintineaban dentro de la mochila. Era un repiqueteo burlón que decía: Le traes su muerte en tu mochila. El viejo te lo agradece. Le traes la muerte disfrazada de ayuda.
Le vio sentado en un banco que no era el de costumbre, que estaba ocupado por un hombre robusto de rostro sonrosado que dormía la mona plácidamente. Se acercó al anciano a paso lento, después de todo, no había prisa. Se sentó junto a él. El viejo se giró para mirarle, pero no lo hizo.
-Ha hecho un buen día hoy, sí señor-. Anunció con voz rasposa. Le costaba hablar.
-¿Qué te ha ocurrido en la boca?
- Unos gamberros hace unos días, nada de importancia, me saltaron unos dientes pero como esos ya estaban hechos polvo, casi me hicieron un favor…-. Relató el viejo mostrando una triste y desdentada sonrisa.
-Lo siento-. Dijo apretando los puños contra sus piernas. El viejo sacó del bolsillo del pantalón, una bolsita de plástico con restos de pan. Las palomas acudieron al reclamo.
- Me llevaron al hospital, allí me ducharon y todo. Me dieron de comer, sopa caliente y una tortilla a la francesa riquísima, también me querían dar ropa nueva pero la mía aun me aguantará toda la primavera. Se portaron bien los del hospital. No hay nada que sentir ¡salí como nuevo!
Miraron a las palomas comer y estas llenaron la plaza con sus arrullos. El anciano las miraba con cariño, después de todo él era una paloma más.
- He perdido mi trabajo hoy. Me han despedido. Recorte de personal.
- Pues ahí van dos favores esta semana. Siempre he pensado que vales demasiado para malgastar tu vida en una fábrica. Esto es algo bueno, ahora has de buscar tu camino.
- Me voy a ir, me voy a ir lejos-. El anciano le miró fijamente y posó sus manos huesudas y temblorosas en el rostro que tenía ante sí.
- Nada me haría más feliz que verte partir bien lejos. Tú perteneces a un lugar mejor, aquí hay mucha amargura. Si no te marchas te convertirás en una de esas sombras que, resentidas por las frustraciones de no haber cumplido sus sueños, vagan grises y perdidas en un mundo al que no quieren. Yo soy uno de ellos, se de lo que hablo. Hazme caso, lárgate lo más lejos que puedas de aquí-. El viejo arrugó la bolsa de plástico, ahora vacía, y volvió a meterla en el bolsillo.
- Quiero llevarte conmigo.
- Cuando al fin decides volar libre vas te llevas a un muerto como yo…, no gracias, yo soy viejo, estoy enfermo. Volarás más alto si no cargas conmigo-. El anciano tenía los ojos húmedos y la voz se le quebró.
- Vendré a por ti y si no te encuentro yo tampoco me iré.
- ¿Por qué me haces esto? ¿No te das cuenta de en qué me he convertido? Mírame, soy un despojo. Un vagabundo alcohólico…eso es lo que soy ahora. Tú me idealizas, retienes esa imagen distorsionada de mí y te aferras a ella.
- El otro día entre en una librería del centro, un grupo de estudiantes compraban tu libro. Aun existes, no sólo para mí, existes para muchos.
- Soy un vagabundo que te espera aquí cada jueves por lo que llevas en la mochila, ese soy yo ahora-. Respondió el anciano con desdén. Luego posó la mirada sobre la única paloma que quedaba en la plaza.- Soy como las palomas.
- Me llevabas a la playa y paseábamos por la orilla juntos de la mano. Luego tú te sentabas a escribir y yo jugaba con la arena. Los días más felices de mi vida me los has dado tú. Eres mi padre.

Regresó a  casa con la cabeza baja y dando una vuelta. Sentía la mochila que colgaba ahora vacía en su espalda. Apretó los puños al entrar en el portal. Había subido hasta el cuarto piso cuando se sentó en uno de los peldaños de las escaleras, abrazó la mochila como si esta estuviera viva y dejó la mirada perdida en la oscuridad.

Silvia Serra

martes, 8 de junio de 2010

El Manantial


El problema básico del mundo moderno, es la falacia intelectual de considerar que la libertad y la coerción son opuestos. Para resolver los gigantescos problemas que agitan el mundo de hoy, debemos esclarecer nuestra confusión mental. Debemos adquirir una perspectiva filosófica. En esencia, libertad y coerción son la misma cosa. Les daré un ejemplo: los semáforos restringen su libertad de cruzar la calle cuando lo desean. Pero esa restricción les da la libertad de no ser atropellados por un camión. Si se les diera un trabajo y se les prohibiera abandonarlo, se restringiría la libertad de sus carreras, pero se les daría la libertad de no temer al desempleo. Siempre que se impone una nueva coerción sobre nosotros, automáticamente ganamos una nueva libertad. Las dos son inseparables. Sólo aceptando la coerción total podemos conseguir nuestra libertad total.